Cuba – El Diario del Viaje (1)

“La Burrita” – ©Raul Amaru Linares

Día 1 – La Habana, Cuba.
21:33pm – Espero a Alberto. Estoy en el hostal Hamel (Hospital 308, entre San Lázaro y Hamel -se lee jámel). Alberto es bongosero, es el percusionista de la orquesta de Félix. Los conocí hace un año en mi primer viaje a Cuba. Traje fotos, para él, para Félix y para Alejandro.

Llegué hoy a La Habana. El vuelo debió llegar a las 13:30, pero por un retraso en Bogotá aterrizamos a las 14:30. En inmigración se entretuvieron un rato conmigo: ¿Señor, me permite su pasaporte? ¿motivo de su visita? ¿tiene conocidos en la isla? ¿a quién conoce? ¿por qué? ¿trae cámara? ¿qué lentes trae? ¿qué planea fotografíar? ¿qué lugares planea visitar? ¿dónde se va a hospedar? ¿trae dinero en efectivo? ¿dólares o euros? ¿cuánto dinero trae? ¿tarjetas de crédito?. El mismo interrogatorio, salvo pocas diferencias, me lo hicieron dos veces. Una vez antes de sellarme la visa y tomarme una fotografía, otra vez antes de pasar por el control de aduana. Los funcionarios anotaron todas mis respuestas. Durante un momento se llevaron mi pasaporte y tuve que esperar. Al final me dejaron seguir: Bienvenido, disfrute de su estadía.

¿Taxi? ¡25 CUC! ¡Mínimo 20! ¡Ni pa tí ni pa mí, 18! ¡Vale, vamos por 15! ¡Coño, por 15 solo te llevan ese paquete!

Ese paquete es mi bicicleta, desarmada y envuelta en cartón. Es un poco grande y pesa 21 Kg. Eso decía la balanza del aeropuerto. Con la otra maleta, de 23 Kg me daba un total de 44 Kg; 12 Kg de sobrepeso: 70 dólares, señor. En la ventanilla del fondo, por favor.

Eran las 16:00 pero parecía el medio día, con el sol a 90º y pocas nubes, me cocinaba. Llegué al hostal. Un cuarto para seis personas acomodadas en tres literas. Mochileros entran y salen. No conozco a nadie. Por teléfono llamé a Alberto, a Félix, a Alejandro; nadie contestó. Quería descansar del viaje, salir a dar una vuelta, pero no quería salir solo. Ante el panorama, lo mejor sería ponerme manos a la obra: Sacar la herramienta y armar la bici. Mochileros entran y salen, pero ahora se detienen a mirar. Algunos hacen preguntas, sonríen. Ya no somos tan extraños.

Son las 19:00 y la bicicleta está casi lista, excepto por el manubrio. De alguna manera lo he quitado en Bogotá y ahora no soy capaz de ponerlo nuevamente. Ya llevo casi 45 minutos intentando enroscar un largo tornillo que lo ajusta al eje inferior. Estoy sudando, mucho. Un chileno va saliendo con su novia, intenta ayudarme, no lo consigue. Al salir, observa que afuera, en la calle, alguien aprieta los frenos de otra bicicleta. Me recomienda pedir ayuda afuera. Salgo a preguntar. Me dicen que no me pueden ayudar, pero me recomiendan ir donde Alay, que es ciclista y vive dos cuadras hacia arriba, por San Lázaro. Recojo mis cosas y llevo la bicicleta hasta la casa de Alay. Preguntando se llega a Roma, y a casa de Alay. Le cuento mi problema a Alay. Casi ni me mira. Retira el manubrio, toma el largo tornillo y lo mete en el tubo, enrosca, saca una pieza que va dentro -yo no la conocía, desenrosca el tornillo, ubica las piezas en su posición, mete el tornillo por el eje del manubrio y enrosca uniendo las dos piezas, introduce el manubrio en el tubo inferior y aprieta. ¿Tiempo total? Menos de dos minutos. ¿Qué más?, me dice. Pues si le echas un vistazo a todo me serviría mucho, le respondo. Se sienta en el portal de su casa y mira la bicicleta. ¡Alay, tráeme una llave 18! Alay -su hijo- le trae esa y otras llaves. Alay termina de ajustar mi bicicleta. ¿Cuánto te debo, Alay? Veinte pesos (cubanos). No tengo pesos cubanos, pero le pago 1 CUC (peso convertible, equivalente a 25 pesos cubanos -más o menos un dolar). Yo no puedo más que sonreir.

Son las 20:00 y la felicidad me ha quitado el cansancio. Salgo volando en mi bici hacia el hostal. Dejo las herramientas y busco mi cámara. Voy hasta el malecón. Quiero hacerle una foto a “la burrita”. Celebro con una Cristal, un choricito, una croqueta. Ya casi va a oscurecer.

Alberto contesta el teléfono y va a venir a buscarme en un rato. Espero a Alberto.